Mientras incineraba a su esposa embarazada, el esposo abrió el ataúd para echarle una última mirada y vio que su vientre se movía. Detuvo el proceso de inmediato. Cuando llegaron los médicos y la policía, lo que descubrieron dejó a todos en shock.

Mientras incineraba a su esposa embarazada, el esposo abrió el ataúd para echarle una última mirada y vio que su vientre se movía. Detuvo el proceso de inmediato. Cuando llegaron los médicos y la policía, lo que descubrieron dejó a todos en shock.

El silencio del crematorio de Zaragoza era casi insoportable cuando Julián Herrera firmó los últimos documentos. Aún tenía las manos temblorosas. La muerte repentina de su esposa María Velasco, embarazada de ocho meses, lo había destrozado por completo. Los médicos del hospital habían certificado una parada cardiaca fulminante, y aunque la familia insistió en una autopsia, el informe preliminar no mostró señales de violencia ni anomalías. Todo parecía una tragedia natural, cruel e inevitable.

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