“Hay demasiado ruido. No voy a pagar por escuchar llorar a tu bebé durante tres horas en este vuelo”, le gritó el hombre a la mujer que sostenía a su bebé en el avión. El billete de avión era tan barato que había gastado todos sus ahorros en comprarlo. Pero cuando el hombre del traje negro lo llamó por su nombre, palideció y toda la cabina del tren quedó en silencio

“Hay demasiado ruido. No voy a pagar por escuchar llorar a tu bebé durante tres horas en este vuelo”, le gritó el hombre a la mujer que sostenía a su bebé en el avión. El billete de avión era tan barato que había gastado todos sus ahorros en comprarlo. Pero cuando el hombre del traje negro lo llamó por su nombre, palideció y toda la cabina del tren quedó en silencio.

El avión aún no había despegado cuando el murmullo colectivo se transformó en incomodidad palpable. Clara, una joven madre sevillana que viajaba sola con su bebé de seis meses, trataba de calmar los sollozos del pequeño Lucas mientras ajustaba el cinturón especial que había pedido a la azafata. La tensión se rompió de golpe cuando un hombre sentado dos filas detrás se levantó, visiblemente irritado.

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