Llevé a mi hija al hospital para su siguiente sesión de quimioterapia cuando el médico nos detuvo y dijo: «A su hija nunca le diagnosticaron cáncer». Las palabras me impactaron más que cualquier diagnóstico. Se me entumecieron las manos. «¿Qué quiere decir?», pregunté con voz temblorosa. Me entregó el expediente: el nombre, la fecha de nacimiento, la edad… nada coincidía. Alguien había manipulado el historial médico. Y quien lo hizo… acababa de cobrar la indemnización del seguro.

Llevé a mi hija al hospital para su siguiente sesión de quimioterapia cuando el médico nos detuvo y dijo: «A su hija nunca le diagnosticaron cáncer». Las palabras me impactaron más que cualquier diagnóstico. Se me entumecieron las manos. «¿Qué quiere decir?», pregunté con voz temblorosa. Me entregó el expediente: el nombre, la fecha de nacimiento, la edad… nada coincidía. Alguien había manipulado el historial médico. Y quien lo hizo… acababa de cobrar la indemnización del seguro.

Cuando llegamos al Hospital Clínico de Valencia aquella mañana, Sofía llevaba su mochila roja y un cuaderno lleno de dibujos. Todo parecía una rutina dolorosamente conocida: análisis, la sala de espera fría, el olor a desinfectante. Pero en cuanto el doctor Herrera salió a recibirnos, su expresión alteró el ritmo de mi respiración. No era cansancio ni prisa; era desconcierto.

Read More