Me estaba preparando para reunirme con un importante inversor cuando mi madre me arrebató las llaves del coche. “¡Tu hermana necesita el coche para su cita en el spa; tiene un concurso de modelos!”. Mi padre me estrelló contra la pared y gritó: “Tu carrera no vale nada. Solo la de ella importa”. Simplemente sonreí. “De acuerdo”. Cancelé la reunión con un solo mensaje de texto. A la mañana siguiente, la empresa de mi padre se declaró en quiebra

Me estaba preparando para reunirme con un importante inversor cuando mi madre me arrebató las llaves del coche. “¡Tu hermana necesita el coche para su cita en el spa; tiene un concurso de modelos!”. Mi padre me estrelló contra la pared y gritó: “Tu carrera no vale nada. Solo la de ella importa”. Simplemente sonreí. “De acuerdo”. Cancelé la reunión con un solo mensaje de texto. A la mañana siguiente, la empresa de mi padre se declaró en quiebra.

La mañana en que todo cambió, Alejandro Ruiz revisaba por última vez la presentación que debía mostrar a un importante inversor madrileño. Ese encuentro podía significar la consolidación de su joven empresa tecnológica, un proyecto al que había dedicado años de desvelo, deuda y sacrificio. Mientras guardaba el portátil en su mochila, escuchó pasos apresurados por el pasillo. Antes de poder reaccionar, su madre le arrebató las llaves del coche con un gesto brusco.

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