“Baja al río con los cocodrilos”, me susurró mi nuera mientras me empujaba al Amazonas. Mi hijo solo me miró y sonrió. Pensaron que mis 2 mil millones de dólares eran suyos. Pero más tarde ese día, cuando llegué a casa… estaba sentada en la silla esperando.

“Baja al río con los cocodrilos”, me susurró mi nuera mientras me empujaba al Amazonas. Mi hijo solo me miró y sonrió. Pensaron que mis 2 mil millones de dólares eran suyos. Pero más tarde ese día, cuando llegué a casa… estaba sentada en la silla esperando.

Cuando mi nuera, Lucía Ferrer, se inclinó hacia mí y murmuró: “Baja al río con los cocodrilos”, supe que la broma no tenía nada de humor. El empujón que me lanzó hacia las aguas turbias del Amazonas tampoco. Mi hijo, Adrián, permaneció inmóvil en la orilla, con esa sonrisa que jamás hubiera creído capaz de dirigirle a su propio padre. Durante años pensé que su ambición era sana, que todo lo que hacía era para demostrar que podía manejar la empresa familiar sin depender de mis decisiones. Pero en ese instante comprendí que lo único que lo separaba de mis 2 mil millones de dólares era… yo.

Read More