La niña estaba arrodillada en el suelo, con sus manitas rojas y doloridas. Su madrastra, imponente, la dominaba gritando: “¡Límpialo! ¡Si no terminas, no comes!”. Agotada, la niña se desplomó, jadeando. De repente, la puerta se abrió de golpe. Su padre, un soldado, había llegado a casa antes de lo esperado. Se quedó paralizado y rugió: “¡Mi hija… quién le hizo esto!”. La madrastra palideció, y la niña susurró: “¡Papá… me duele!”. Y la furia del padre empezó a crecer..

La niña estaba arrodillada en el suelo, con sus manitas rojas y doloridas. Su madrastra, imponente, la dominaba gritando: “¡Límpialo! ¡Si no terminas, no comes!”. Agotada, la niña se desplomó, jadeando. De repente, la puerta se abrió de golpe. Su padre, un soldado, había llegado a casa antes de lo esperado. Se quedó paralizado y rugió: “¡Mi hija… quién le hizo esto!”. La madrastra palideció, y la niña susurró: “¡Papá… me duele!”. Y la furia del padre empezó a crecer..

Lucía estaba arrodillada sobre el suelo frío de la cocina, frotando una mancha que parecía no desaparecer nunca. Sus manitas estaban enrojecidas, hinchadas por el detergente barato que Marta, su madrastra, le había obligado a usar sin guantes. Cada movimiento le arrancaba un quejido ahogado, pero aun así seguía limpiando, con el miedo clavado en la espalda. Marta se alzaba frente a ella, rígida, con los brazos cruzados y el rostro duro, descargando gritos que llenaban la casa. “¡Límpialo bien! ¡Si no terminas, hoy no comes!”, repetía con una voz cortante que no admitía réplica.

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