Llegué temprano a casa y el amante de mi esposa salió de entre las sombras. “¡Muérete!”, gritó, blandiendo un bate de béisbol contra mí una y otra vez. Me desplomé en el garaje, con la sangre manando, mientras mi esposa lo filmaba y reía: “¡Esto será genial para internet!”. Me arrastré hacia mi teléfono, jadeando: “Primo… haz que desaparezcan”. Respondió con una sola frase: “De acuerdo. Desearán no haberte tocado nunca”

Llegué temprano a casa y el amante de mi esposa salió de entre las sombras. “¡Muérete!”, gritó, blandiendo un bate de béisbol contra mí una y otra vez. Me desplomé en el garaje, con la sangre manando, mientras mi esposa lo filmaba y reía: “¡Esto será genial para internet!”. Me arrastré hacia mi teléfono, jadeando: “Primo… haz que desaparezcan”. Respondió con una sola frase: “De acuerdo. Desearán no haberte tocado nunca”.

Llegué temprano a casa una tarde lluviosa, pensando que sorprendería a mi esposa Marta con una cena tranquila. El garaje estaba en penumbra y olía a gasolina, y antes de encender la luz una silueta se movió entre las sombras. Era Diego, un hombre al que había visto de lejos en el barrio, el amante de Marta, con un bate de béisbol apretado en las manos. Sin decir más, gritó que me muriera y descargó el primer golpe, seco y brutal, contra mi hombro. Caí al suelo, aturdido, mientras los golpes se repetían y el mundo se reducía a ruido y dolor. Vi a Marta aparecer con su teléfono en alto, riéndose, diciendo que aquello sería genial para internet. Intenté levantarme, pero mis piernas no respondían, y el bate volvió a bajar, esta vez a mi costado. Cuando Diego se cansó, me dejó tirado y salió corriendo, dejando el garaje en silencio. Me arrastré como pude, temblando, dejando un rastro oscuro hasta alcanzar mi teléfono. Con la voz rota llamé a mi primo Álvaro, alguien que siempre había sabido moverse en los márgenes de la ley. Solo pude decirle que hiciera que desaparecieran, y él respondió con una calma que me heló la sangre. Colgué sin fuerzas, consciente de que acababa de cruzar una línea peligrosa. Mientras esperaba a que alguien me encontrara, repasé cada decisión que me había llevado a ese garaje. Pensé en mi trabajo, en las discusiones recientes con Marta y en las señales que no quise ver. El dolor me mantenía despierto, pero más fuerte era la certeza de que nada volvería a ser igual. Las sirenas se oyeron a lo lejos, y supe que sobreviviría, aunque el precio aún era desconocido. En ese instante, el mensaje de Álvaro llegó a mi pantalla, breve y definitivo. Leí sus palabras y sentí que el verdadero conflicto acababa de comenzar, cerrando el día con un nudo en el estómago. Antes de perder el conocimiento, entendí que la violencia inicial era solo el prólogo de algo mayor. Esa revelación, tan clara como aterradora, fue el clímax que partió mi vida en dos.

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