Llegué a casa por Navidad, pero cuando mi madre abrió la puerta, me dijo secamente: «No puedes entrar. Esto es solo para la familia». Me quedé allí unos segundos antes de darme la vuelta. Un momento después, mi hermana me envió un mensaje: «No te preocupes, ya sabes cómo soy». Sonreí, inicié sesión en la cuenta compartida y la congelé: cancelé las tarjetas y corté todos los servicios. A la mañana siguiente, mi teléfono explotó de mensajes; mi familia estaba en pánico.

Llegué a casa por Navidad, pero cuando mi madre abrió la puerta, me dijo secamente: «No puedes entrar. Esto es solo para la familia». Me quedé allí unos segundos antes de darme la vuelta. Un momento después, mi hermana me envió un mensaje: «No te preocupes, ya sabes cómo soy». Sonreí, inicié sesión en la cuenta compartida y la congelé: cancelé las tarjetas y corté todos los servicios. A la mañana siguiente, mi teléfono explotó de mensajes; mi familia estaba en pánico.

Llegué a casa por Navidad con una maleta pequeña y el cansancio de un año entero trabajando fuera. Me llamo Daniel Rojas y llevaba meses sin ver a mi familia. Había pagado el vuelo, comprado regalos y avisado con antelación. Cuando toqué el timbre, mi madre abrió la puerta apenas unos centímetros. No sonrió. Me miró de arriba abajo y dijo, seca y precisa: «No puedes entrar. Esto es solo para la familia». Pensé que era una broma torpe, pero su mirada no cambió.

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