Mi hermana gemela, Chloe, y yo nos graduamos de medicina con una deuda de $300,000. En la fiesta de celebración, nuestros padres le entregaron un cheque por esa misma cantidad. Cuando pregunté por mi préstamo, mi madre me miró fríamente y me dijo: «Se lo merece más, cariño. Sé realista». Tenían razón. Era hora de ser realistas. Es solo que… no tenían ni idea de cuál era mi realidad. No sabían nada del fideicomiso que me dejó mi abuela, ni de la donación de cinco millones de dólares que estoy a punto de hacer bajo mi propio nombre…

Mi hermana gemela, Chloe, y yo nos graduamos de medicina con una deuda de $300,000. En la fiesta de celebración, nuestros padres le entregaron un cheque por esa misma cantidad. Cuando pregunté por mi préstamo, mi madre me miró fríamente y me dijo: «Se lo merece más, cariño. Sé realista». Tenían razón. Era hora de ser realistas. Es solo que… no tenían ni idea de cuál era mi realidad. No sabían nada del fideicomiso que me dejó mi abuela, ni de la donación de cinco millones de dólares que estoy a punto de hacer bajo mi propio nombre…

Chloe y yo nacimos con cinco minutos de diferencia, en la misma clínica privada de Madrid, y crecimos compartiéndolo todo: habitación, cumpleaños, notas escolares… al menos en teoría. En la práctica, mis padres siempre encontraron una forma sutil de dejar claro que Chloe era “la brillante”, “la sociable”, “la que llegaría lejos”. Yo era la responsable, la constante, la que no daba problemas. Durante años me convencí de que eso también era una virtud.

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