“El nuevo trabajo de papá es vergonzoso”, le dijo mi hija a su maestra. “Ahora reparte pizzas. Mamá dice que es un fracaso”. La maestra me llamó, con aire preocupado. Le expliqué quién soy y a qué me dedico. Tres días después, arrestaron al director. Mi esposa y mi hija palidecieron cuando aparecí de uniforme…

“El nuevo trabajo de papá es vergonzoso”, le dijo mi hija a su maestra. “Ahora reparte pizzas. Mamá dice que es un fracaso”. La maestra me llamó, con aire preocupado. Le expliqué quién soy y a qué me dedico. Tres días después, arrestaron al director. Mi esposa y mi hija palidecieron cuando aparecí de uniforme…

Cuando la maestra de mi hija me llamó, supe que algo serio había ocurrido. Se llamaba Clara, tenía siete años, y jamás había causado problemas. La profesora, la señora Martínez, me contó con cautela lo que mi hija había dicho en clase: “El nuevo trabajo de papá es vergonzoso. Ahora reparte pizzas. Mamá dice que es un fracaso”. Escuchar esas palabras me dolió más que cualquier golpe. No por el trabajo, sino por la verdad incompleta que escondían.

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