Justo antes de entrar a la ceremonia, mi madre me puso un papel doblado en la mano. «Finge una caída. Ahora mismo», decía. No sabía por qué, pero algo en su mirada me heló la sangre en las venas. A mitad del pasillo, me obligué a tambalearme y luego caí al suelo. «¡Tiene un esguince de tobillo!», gritó mi madre. «¡Detengan la boda! ¡Que venga una ambulancia!». Cuando por fin llegaron los médicos, las palabras que dijo mi madre a continuación me destrozaron por completo.

Justo antes de entrar a la ceremonia, mi madre me puso un papel doblado en la mano. «Finge una caída. Ahora mismo», decía. No sabía por qué, pero algo en su mirada me heló la sangre en las venas. A mitad del pasillo, me obligué a tambalearme y luego caí al suelo. «¡Tiene un esguince de tobillo!», gritó mi madre. «¡Detengan la boda! ¡Que venga una ambulancia!». Cuando por fin llegaron los médicos, las palabras que dijo mi madre a continuación me destrozaron por completo.

Justo antes de entrar a la ceremonia, mi madre me puso un papel doblado en la mano. «Finge una caída. Ahora mismo», decía. No sabía por qué, pero algo en su mirada me heló la sangre en las venas. Me llamo Lucía Hernández, tenía veintinueve años y estaba a punto de casarme con Javier Molina, el hombre con el que llevaba seis años construyendo lo que yo creía una vida sólida y honesta. La iglesia estaba llena, el órgano sonaba y todos esperaban verme caminar hacia el altar.

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