Mi esposo nos dio un beso de despedida a nuestro hijo y a mí y dijo que tenía que irse temprano por un viaje de negocios. Lo llevé al aeropuerto; todo parecía completamente normal, hasta que mi hijo de cinco años me tiró de la manga y susurró: «Mamá… deberías vigilar a papá». Se me encogió un poco el corazón. Me quedé en el estacionamiento, con la vista fija en la entrada. Unos minutos después, en lugar de dirigirse a las puertas de embarque, salió directamente y se subió a un taxi. Lo seguí en silencio. Cuando el taxi se detuvo, lo que vi me congeló la sangre en las venas

Mi esposo nos dio un beso de despedida a nuestro hijo y a mí y dijo que tenía que irse temprano por un viaje de negocios. Lo llevé al aeropuerto; todo parecía completamente normal, hasta que mi hijo de cinco años me tiró de la manga y susurró: «Mamá… deberías vigilar a papá». Se me encogió un poco el corazón. Me quedé en el estacionamiento, con la vista fija en la entrada. Unos minutos después, en lugar de dirigirse a las puertas de embarque, salió directamente y se subió a un taxi. Lo seguí en silencio. Cuando el taxi se detuvo, lo que vi me congeló la sangre en las venas.

Me llamo Laura Martínez y aquella mañana parecía una más. Mi esposo, Javier, besó a nuestro hijo Mateo y a mí en la puerta de casa y repitió su historia habitual: viaje de negocios a Valencia, reunión corta, regreso al día siguiente. No había nervios, ni maleta sospechosa, ni discusiones previas. Yo misma me ofrecí a llevarlo al aeropuerto porque Mateo insistió en despedirse otra vez. Durante el trayecto hablamos del colegio, del tráfico y de una serie que queríamos ver juntos el fin de semana. Javier sonreía, pero ahora sé que era una sonrisa ensayada.

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