“Tu hijo no podrá comprarse una casa en toda su vida”, rió mi hermana a carcajadas, destrozando la cena familiar. Mi hijo bajó la cabeza, su silencio era dolorosamente pesado. No respondí. Simplemente desbloqueé mi teléfono y giré la pantalla hacia ella. La sonrisa de su rostro se desvaneció al instante, su tez palideció como si hubiera visto algo que nunca debió ver. Toda la mesa se congeló, el ruido de tenedores y cucharas al golpear el suelo resonó en el aire. Pero aún no había terminado, porque lo que iba a decir a continuación fue lo que realmente dejó a todos sin aliento.

“Tu hijo no podrá comprarse una casa en toda su vida”, rió mi hermana a carcajadas, destrozando la cena familiar. Mi hijo bajó la cabeza, su silencio era dolorosamente pesado. No respondí. Simplemente desbloqueé mi teléfono y giré la pantalla hacia ella. La sonrisa de su rostro se desvaneció al instante, su tez palideció como si hubiera visto algo que nunca debió ver. Toda la mesa se congeló, el ruido de tenedores y cucharas al golpear el suelo resonó en el aire. Pero aún no había terminado, porque lo que iba a decir a continuación fue lo que realmente dejó a todos sin aliento.

“Tu hijo no podrá comprarse una casa en toda su vida”, rió mi hermana Laura, destrozando la cena familiar. Las risas incómodas se mezclaron con el sonido de los cubiertos, pero mi hijo Daniel bajó la cabeza. Tenía dieciséis años y acababa de escuchar, frente a todos, que su futuro estaba condenado. No respondí a la burla. Desbloqueé mi teléfono con calma y giré la pantalla hacia Laura. Su sonrisa se borró al instante, como si la sangre hubiera abandonado su rostro. En la mesa cayó un silencio espeso, interrumpido solo por cubiertos que chocaban contra el suelo. Mi madre dejó caer su servilleta y mi cuñado me miró sin entender.

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