Un año después del fallecimiento de mi esposo, contraté a un equipo para renovar su antigua oficina. Justo cuando llegué a la iglesia, el contratista me llamó y me dijo: «Señora, necesita ver lo que acabamos de descubrir de inmediato. Y, por favor, no venga sola. Traiga a sus dos hijos». Le pregunté por qué, pero se negó a explicarme. Cuando llegamos, casi se me para el corazón…

Un año después del fallecimiento de mi esposo, contraté a un equipo para renovar su antigua oficina. Justo cuando llegué a la iglesia, el contratista me llamó y me dijo: «Señora, necesita ver lo que acabamos de descubrir de inmediato. Y, por favor, no venga sola. Traiga a sus dos hijos». Le pregunté por qué, pero se negó a explicarme. Cuando llegamos, casi se me para el corazón…

Un año después del fallecimiento de mi esposo, Javier Morales, decidí renovar su antigua oficina en Sevilla. No era solo una cuestión de espacio; necesitaba cerrar una etapa. Javier había sido arquitecto, metódico, reservado, y aquel despacho llevaba meses cerrado, intacto, como si aún fuera a regresar. Contraté a una empresa local y les pedí discreción. Yo iba cada mañana a la iglesia con mis hijos, Lucas y Mateo, buscando una rutina que nos sostuviera.

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