La noche de Navidad, mi esposo, el director ejecutivo, me dio un ultimátum: «Discúlpate con mi nueva novia o perderás tu sueldo y cualquier posibilidad de ascenso». Solo dije una palabra: «De acuerdo». A la mañana siguiente, mi equipaje estaba preparado y mi traslado a Londres ya estaba finalizado. Mi suegro palideció. «Por favor, dime que aún no has enviado esos documentos». La sonrisa de mi esposo se desvaneció al instante. «¿Qué documentos?».

La noche de Navidad, mi esposo, el director ejecutivo, me dio un ultimátum: «Discúlpate con mi nueva novia o perderás tu sueldo y cualquier posibilidad de ascenso». Solo dije una palabra: «De acuerdo». A la mañana siguiente, mi equipaje estaba preparado y mi traslado a Londres ya estaba finalizado. Mi suegro palideció. «Por favor, dime que aún no has enviado esos documentos». La sonrisa de mi esposo se desvaneció al instante. «¿Qué documentos?».

La noche de Navidad, mi esposo, Alejandro Cortés, director ejecutivo de la empresa familiar, me dio un ultimátum que cambió mi vida. Estábamos solos en el despacho, con las luces del árbol aún encendidas, cuando dijo sin rodeos: «Discúlpate con mi nueva novia o perderás tu sueldo y cualquier posibilidad de ascenso». Yo respiré hondo. No lloré. No grité. Solo respondí una palabra: «De acuerdo».

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