Mi esposo me hizo servir bebidas en su fiesta de ascenso mientras su amante ocupaba mi asiento, luciendo mis joyas. Su jefe me miró con lástima. Sonreí y seguí sirviendo. A medianoche, su jefe se levantó para brindar. Me llamó por mi nombre. El rostro de mi esposo cambió al instante. Lo que sucedió después la obligó a quitarme el collar.

Mi esposo me hizo servir bebidas en su fiesta de ascenso mientras su amante ocupaba mi asiento, luciendo mis joyas. Su jefe me miró con lástima. Sonreí y seguí sirviendo. A medianoche, su jefe se levantó para brindar. Me llamó por mi nombre. El rostro de mi esposo cambió al instante. Lo que sucedió después la obligó a quitarme el collar.

Me llamo Laura Martínez y aquella noche entendí que la humillación puede vestirse de gala. La fiesta de ascenso de mi esposo, Andrés Rojas, se celebraba en el salón principal del hotel donde él mismo trabajaba como director comercial. Yo debería haber estado sentada a su lado, pero él me pidió que “ayudara un poco” sirviendo bebidas, porque faltaba personal. Acepté, con un vestido sencillo y mis joyas habituales, pensando que era solo por un rato.

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