Mi jefe convocó una reunión para anunciar mi reemplazo. Era la amante de mi esposo. Ocupaba el mismo puesto que yo había ocupado durante ocho años. No tenía ninguna experiencia. Mi jefe dijo: «Necesitamos un poco de aire fresco». Todos evitaron mirarme a los ojos. Me puse de pie. La felicité. Le estreché la mano. Luego salí. Una hora después, mi teléfono empezó a sonar —30 llamadas perdidas de mi jefe—, pero ya era demasiado tarde

Mi jefe convocó una reunión para anunciar mi reemplazo. Era la amante de mi esposo. Ocupaba el mismo puesto que yo había ocupado durante ocho años. No tenía ninguna experiencia. Mi jefe dijo: «Necesitamos un poco de aire fresco». Todos evitaron mirarme a los ojos. Me puse de pie. La felicité. Le estreché la mano. Luego salí. Una hora después, mi teléfono empezó a sonar —30 llamadas perdidas de mi jefe—, pero ya era demasiado tarde.

llamo Lucía Fernández, y durante ocho años ocupé el mismo puesto en una empresa mediana de logística en Madrid. Era un trabajo duro, lleno de plazos imposibles y reuniones interminables, pero también era mío. Lo había construido con constancia, noches sin dormir y una lealtad que creí mutua. Aquella mañana, cuando Álvaro Ríos, mi jefe, convocó a todo el equipo a la sala grande, nadie imaginaba lo que estaba a punto de ocurrir, aunque el ambiente tenía un peso extraño, denso, casi irrespirable.

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