Despedí a 28 niñeras en dos semanas. El dinero nunca fue el problema, porque ya era multimillonaria, pero mi paciencia sí lo era. Entonces ella entró: una joven negra pobre, con una mirada tranquila y tan firme que me inquietó. La contraté solo para demostrar que fracasaría como todas las demás. Pero en menos de una hora, mis seis hijas sextillizas estaban aferradas a ella, riendo a carcajadas por primera vez en años. Y yo me quedé paralizada: acababa de hacer lo que 28 personas —e incluso yo misma— no habían podido hacer.

Despedí a 28 niñeras en dos semanas. El dinero nunca fue el problema, porque ya era multimillonaria, pero mi paciencia sí lo era. Entonces ella entró: una joven negra pobre, con una mirada tranquila y tan firme que me inquietó. La contraté solo para demostrar que fracasaría como todas las demás. Pero en menos de una hora, mis seis hijas sextillizas estaban aferradas a ella, riendo a carcajadas por primera vez en años. Y yo me quedé paralizada: acababa de hacer lo que 28 personas —e incluso yo misma— no habían podido hacer.

Despedí a veintiocho niñeras en dos semanas. No fue por dinero; eso nunca fue el problema. Mi nombre es María Eugenia Salvatierra, empresaria inmobiliaria en Madrid, y a mis cuarenta y dos años podía pagar cualquier salario. Lo que no podía pagar era la paciencia. Mis seis hijas, sextillizas de siete años —Lucía, Carmen, Sofía, Inés, Paula y Elena— eran inteligentes, sensibles y absolutamente ingobernables desde la muerte de su padre. Ninguna niñera resistía más de dos días. Llantos interminables, ataques de rabia, rechazo absoluto a cualquier figura de autoridad. Yo misma había perdido el control muchas veces.

Read More