Me negué a prestarle 20.000 dólares a mi hermana, así que lanzó mi portátil directamente a la piscina y luego sonrió diciendo: “Ups, se me resbaló la mano”. ¿Y mis padres? “Solo fue un accidente”. No tenían idea de que ese portátil era toda mi carrera. No lloré, no discutí. Esa noche, lo aseguré todo. A las 6:15 de la mañana siguiente, ella despertó sin tener nada. Y eso solo fue el comienzo…

Me negué a prestarle 20.000 dólares a mi hermana, así que lanzó mi portátil directamente a la piscina y luego sonrió diciendo: “Ups, se me resbaló la mano”. ¿Y mis padres? “Solo fue un accidente”. No tenían idea de que ese portátil era toda mi carrera. No lloré, no discutí. Esa noche, lo aseguré todo. A las 6:15 de la mañana siguiente, ella despertó sin tener nada. Y eso solo fue el comienzo…

Me llamo Daniel Rojas, tengo treinta y dos años y hasta esa tarde creía que la familia era un refugio. Mi hermana Lucía siempre había sido impulsiva, encantadora cuando quería algo y cruel cuando no lo conseguía. Aquella tarde me pidió 20.000 dólares “solo por unos meses”. Le dije que no. No porque no la quisiera, sino porque ese dinero era el oxígeno de mi trabajo: contratos, diseños, bases de datos, todo vivía en mi portátil.

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