Mi esposa me pidió el divorcio. “Quiero la casa, los coches, todo”, dijo. Mi abogado me rogó que luchara. Le dije: “Dale todo”. Todos pensaron que me había vuelto loco. En la audiencia final, lo cedí todo; ella no tenía ni idea de que ya había ganado mucho tiempo antes. Sonrió… hasta que su abogado susurró cinco palabras que la hicieron gritar.

Mi esposa me pidió el divorcio. “Quiero la casa, los coches, todo”, dijo. Mi abogado me rogó que luchara. Le dije: “Dale todo”. Todos pensaron que me había vuelto loco. En la audiencia final, lo cedí todo; ella no tenía ni idea de que ya había ganado mucho tiempo antes. Sonrió… hasta que su abogado susurró cinco palabras que la hicieron gritar.

Mi esposa, Lucía Fernández, me pidió el divorcio un martes por la tarde, sin rodeos. “Quiero la casa, los coches, todo”, dijo, con una calma que me heló la sangre. Yo me llamo Javier Morales, tengo cuarenta y ocho años y durante diecisiete creí que el matrimonio era una sociedad basada en la confianza. Aquella frase la convirtió en una guerra. Mi abogado, Álvaro Ríos, me rogó que luchara. “No puedes cederlo todo. Hay margen. Hay pruebas. Hay tiempo”, insistió. Yo lo escuché en silencio y respondí algo que nadie entendió: “Dale todo”.

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