Tras veinte años de matrimonio, dijo que necesitaba “espacio” y pidió el divorcio. Firmé sin ninguna excusa. Unas semanas después, le propuso matrimonio a su secretaria, justo en el mismo lugar donde una vez se arrodilló ante mí. Llegué sin invitación y sonreí. “Felicidades, exmarido”. Le entregué un sobre. Su rostro palideció al leer la última línea: las condiciones del testamento de su padre eran inequívocamente claras: si me dejaba sin causa, lo perdería todo

Tras veinte años de matrimonio, dijo que necesitaba “espacio” y pidió el divorcio. Firmé sin ninguna excusa. Unas semanas después, le propuso matrimonio a su secretaria, justo en el mismo lugar donde una vez se arrodilló ante mí. Llegué sin invitación y sonreí. “Felicidades, exmarido”. Le entregué un sobre. Su rostro palideció al leer la última línea: las condiciones del testamento de su padre eran inequívocamente claras: si me dejaba sin causa, lo perdería todo.

Después de veinte años de matrimonio con Javier Morales, pensé que ya nada podía sorprenderme. Habíamos construido una vida aparentemente sólida en Valencia: dos hijos ya mayores, una empresa familiar estable y una rutina que, aunque desgastada, yo creía honesta. Por eso, cuando una noche me dijo que “necesitaba espacio” y que lo mejor era divorciarnos, no discutí. Me llamo Laura Sánchez, y firmé los papeles sin reproches, sin escenas, sin pedir explicaciones. Él parecía aliviado; yo, anestesiada.

Read More