PARTE 1
Estaba doblando la ropa una tarde tranquila cuando mi nieta entró corriendo por la puerta después del colegio. Me llamo Elena Morales, tengo sesenta y siete años y desde que mi hija falleció, me hago cargo de Lucía, una niña alegre de nueve años que siempre habla sin filtros.
—Abuela —me dijo de repente—, ¿puedo dejar de tomar las vitaminas que me da la señorita Carolina?
Sentí un vuelco en el corazón.
—¿Qué vitaminas? —pregunté intentando que mi voz sonara normal.
—Las que me da todos los días antes de clase —respondió con naturalidad—. Dice que me ayudan a concentrarme.
Dejé la ropa sobre la mesa. Nadie me había hablado de vitaminas. Ni el colegio, ni el médico, ni ningún tutor.
—Tráeme el frasco, cariño —le pedí con calma.
Lucía fue a su mochila y volvió con un pequeño bote sin etiqueta clara, solo una pegatina escrita a mano. Lo abrí. Las pastillas no parecían vitaminas infantiles. Eran demasiado uniformes, demasiado profesionales.
Llamé de inmediato a mi amiga María Torres, farmacéutica desde hace más de treinta años.
—Necesito que veas esto —le dije—. Ahora.
Cuando María sostuvo el frasco, su rostro perdió el color.
—Elena… esto no son vitaminas —susurró—. Esto es medicación. ¿Quién se lo dio a tu nieta?
Sentí que las piernas me fallaban.
—Una profesora —respondí—. En el colegio.
María me miró fijamente.
—Entonces tenemos un problema muy serio.
En ese instante comprendí que no se trataba de un malentendido. Algo grave estaba ocurriendo con los niños del colegio.
Y yo acababa de descubrirlo por casualidad.
PARTE 2
Esa misma noche, Lucía durmió conmigo. Yo no pegué ojo.
A la mañana siguiente, María me explicó con detalle lo que había encontrado: las pastillas contenían un estimulante leve, no ilegal en adultos, pero absolutamente inapropiado para niños, y mucho menos sin consentimiento médico.
—Esto puede afectar su desarrollo —dijo—. Y alguien lo está administrando sin autorización.
Fui directamente al colegio. Pedí hablar con la directora, Isabel Rojas, una mujer correcta y distante. Le mostré el frasco.
—No tenemos conocimiento de esto —respondió—. Ningún profesor puede dar medicación.
—Entonces alguien lo está haciendo a escondidas —repliqué.
Pidieron a la señorita Carolina que entrara. Joven, sonriente, aparentemente tranquila.
—Solo quería ayudar —dijo—. Algunos niños estaban inquietos. Los padres se quejan del rendimiento.
—¿Quién le dio esas pastillas? —pregunté.
Dudó.
—Un contacto… de una academia educativa —respondió vagamente.
Eso fue suficiente.
Presenté una denuncia formal. Otros padres comenzaron a hablar. Algunos niños también tomaban “vitaminas”. El caso creció rápidamente. La inspección educativa intervino. La policía también.
La señorita Carolina fue suspendida. La directora, investigada por negligencia.
Pero lo más duro fue ver a Lucía confundida.
—Abuela, ¿hice algo malo? —me preguntó.
La abracé con fuerza.
—No, cariño. Los adultos fallaron. Tú no.
PARTE 3
El proceso fue largo. Declaraciones, informes médicos, evaluaciones psicológicas. Afortunadamente, Lucía no sufrió daños permanentes. Otros niños no tuvieron la misma suerte.
La investigación reveló que Carolina actuaba siguiendo recomendaciones externas, obsesionada con resultados académicos. No fue maldad pura. Fue irresponsabilidad extrema.
El colegio implementó nuevos protocolos. Varias familias cambiaron a sus hijos de centro. Yo me convertí, sin buscarlo, en una voz incómoda.
—Gracias por hablar —me decían algunos padres—. Yo también tenía dudas.
Hoy, Lucía vuelve a reír sin preocupaciones. Yo sigo atenta, quizá demasiado, pero sin culpa.
Aprendí que escuchar una frase aparentemente inocente puede evitar un daño irreparable.
Si esta historia te hizo reflexionar sobre la educación, la confianza o el papel de los adultos en la vida de los niños, comparte tu opinión.
A veces, proteger empieza simplemente por preguntar: ¿qué estás tomando… y quién te lo dio?

PARTE 2

