Comí Solo En Mi Coche Después De La Graduación, Mientras Las Familias Se Abrazaban Y Posaban Para Fotos Dentro Del Gimnasio. Mis Padres Nunca Vinieron. Sin Llamadas, Sin Fotos, Ni Siquiera Una Excusa. Pero Justo Cuando Mordí Mi Hamburguesa, Alguien Tocó Mi Ventana — Y… Todo Cambió Después De Eso.

Me llamo Lucía Morales y el día de mi graduación universitaria debía ser uno de los más felices de mi vida. Había estudiado cinco años trabajando por las noches en un supermercado, pagando mis libros y el alquiler de una habitación pequeña. Mis padres, Rafael y Carmen Morales, prometieron estar allí. Dijeron que llegarían temprano, que traerían flores, que tomarían fotos. Yo les creí.

La ceremonia terminó entre aplausos. Veía a mis compañeros abrazarse con sus familias, padres orgullosos, madres llorando. Yo miraba la puerta del gimnasio cada pocos segundos. Nadie entró buscándome. Mi teléfono permanecía en silencio. No había mensajes. No había llamadas. No había excusas.

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