Cuando Mi Hijo Se Casó, Guardé Silencio Sobre Los 553 Millones Que Heredé De Mi Difunto Esposo. Menos Mal Que Lo Hice, Porque Días Después, Su Esposa Apareció En Mi Puerta Con Un Abogado.

Me llamo Isabel Romero, tengo sesenta y dos años y siempre creí que el dinero no debía definir a una familia. Cuando mi hijo Álvaro se casó con Clara, decidí guardar silencio sobre la herencia que recibí tras la muerte de mi esposo, Javier Romero. Fueron 553 millones de euros, fruto de décadas de inversiones inmobiliarias que mi marido administró con paciencia y discreción. Nadie, salvo mi abogado y yo, conocía la cifra real.

Desde el primer día, noté algo extraño en Clara. Siempre sonreía demasiado cuando hablaba de “futuro”, de “oportunidades”, de “familia unida”. Durante la boda, me observó más de lo necesario, como si intentara leerme por dentro. Yo, en cambio, preferí mantenerme al margen. Regalé a la pareja algo sencillo y me limité a desearles felicidad. Pensé que el tiempo pondría todo en su lugar.

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