Mientras mi esposo me estrangulaba y me golpeaba, a pesar de tener seis meses de embarazo, su amante gritó frenética: “¡Acaba con ella! ¡Ese bebé ni siquiera es tuyo!”. Mi mundo se derrumbó en ese instante. Pero entonces, ¡zas!, la puerta se abrió de golpe. Mi padre irrumpió, con la mirada fría como el acero. “¡Tú y ella pagarán por esto!”, rugió. Y en ese instante, me di cuenta de que la pesadilla que acababa de vivir era solo el preludio de la verdadera tormenta

Mientras mi esposo me estrangulaba y me golpeaba, a pesar de tener seis meses de embarazo, su amante gritó frenética: “¡Acaba con ella! ¡Ese bebé ni siquiera es tuyo!”. Mi mundo se derrumbó en ese instante. Pero entonces, ¡zas!, la puerta se abrió de golpe. Mi padre irrumpió, con la mirada fría como el acero. “¡Tú y ella pagarán por esto!”, rugió. Y en ese instante, me di cuenta de que la pesadilla que acababa de vivir era solo el preludio de la verdadera tormenta.

Me llamo María González, tenía veintinueve años y seis meses de embarazo cuando mi vida se partió en dos. Aquella noche, en el piso de Valencia que compartía con mi esposo Javier, la discusión empezó como tantas otras: reproches por dinero, celos mal disimulados, silencios largos y pesados. Pero esa vez no hubo control. Javier perdió la calma, y sus manos, que alguna vez me prometieron protección, se cerraron alrededor de mi cuello.

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