Me casé con un hombre sin hogar, y todo el salón de bodas se llenó de miradas burlonas. Esperaban una broma. Pero cuando tomó el micrófono, reveló una verdad que dejó a todos atónitos, y ardiendo de celos, sobre quién era realmente.

Me casé con un hombre sin hogar, y todo el salón de bodas se llenó de miradas burlonas. Esperaban una broma. Pero cuando tomó el micrófono, reveló una verdad que dejó a todos atónitos, y ardiendo de celos, sobre quién era realmente.

Me llamo Lucía Martínez, tengo treinta y dos años y el día que me casé con Álvaro Ruiz, muchos pensaron que había perdido la razón. Él no tenía casa, ni traje caro, ni una familia influyente sentada en primera fila. Hasta hacía poco dormía en su coche o en albergues. Yo, en cambio, era arquitecta, con una carrera estable y una familia que nunca pasó necesidades. Por eso, cuando entré al salón de bodas del brazo de Álvaro, sentí cómo el aire se llenaba de susurros, risas mal disimuladas y miradas cargadas de burla.

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