A las 4 de la mañana, me desperté sobresaltada con el crujido de la puerta del dormitorio de mi hija. Mi marido entró en silencio, como todas las noches. Con manos temblorosas, abrí la aplicación de la cámara oculta que había colocado a escondidas en su peluche unos días antes… «Papá… por favor, no…», su voz sollozante se escuchó por el altavoz. Salté de la cama, con el corazón latiéndome con fuerza, pero lo que vi a continuación fue más horrible que cualquier pesadilla que hubiera tenido. Madres… ¿qué se supone que debo hacer..

A las 4 de la mañana, me desperté sobresaltada con el crujido de la puerta del dormitorio de mi hija. Mi marido entró en silencio, como todas las noches. Con manos temblorosas, abrí la aplicación de la cámara oculta que había colocado a escondidas en su peluche unos días antes… «Papá… por favor, no…», su voz sollozante se escuchó por el altavoz. Salté de la cama, con el corazón latiéndome con fuerza, pero lo que vi a continuación fue más horrible que cualquier pesadilla que hubiera tenido. Madres… ¿qué se supone que debo hacer..

A las cuatro de la madrugada me desperté de golpe, con el cuerpo empapado en sudor, como si mi instinto me hubiera empujado fuera del sueño. Lo primero que escuché fue ese sonido: el crujido seco de la puerta del dormitorio de mi hija, Paula, abriéndose apenas un poco.

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