Instalé en secreto veintiséis cámaras ocultas por toda mi casa, convencido de que así atraparía a mi niñera descuidando sus obligaciones. Para entonces, mi corazón ya estaba frío, endurecido por un imperio multimillonario y destrozado por la repentina y devastadora muerte de mi esposa.

 

Me llamo Javier Salgado, y jamás pensé que acabaría instalando cámaras ocultas dentro de mi propia casa como si fuera un criminal. Pero después de la muerte de mi esposa Claudia, mi manera de ver el mundo cambió. Ella murió de forma repentina, sin despedidas, sin tiempo para explicaciones. Y con ella se fue lo único que me mantenía humano.

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