Niña de 13 años embarazada, llevada de urgencia a urgencias, le reveló una verdad al médico..
La noche había caído sobre Zaragoza cuando una ambulancia llegó a urgencias del Hospital Miguel Servet. Dentro iba Lucía, una niña de 13 años, pálida, con el rostro bañado en lágrimas y un dolor abdominal que la hacía estremecerse. La acompañaban su madre, Beatriz, y el paramédico, que ya había adelantado por radio que la niña presentaba síntomas compatibles con trabajo de parto prematuro.
El doctor Sergio Álvarez, ginecólogo de guardia, recibió a la pequeña. A primera vista notó algo que siempre le revolvía el estómago: miedo absoluto, un tipo de terror que no aparecía solo por el dolor físico.
—Lucía, tranquila, aquí estás segura —le dijo con la voz más suave que pudo.
La niña asintió, pero evitaba mirar a su madre. Sergio pidió realizar una ecografía urgente. Mientras el equipo preparaba todo, la madre caminaba de un lado a otro, murmurando que nada de aquello podía estar pasando, que Lucía “solo tenía unos dolores raros”.
Pero la ecografía dejó todo claro: Lucía llevaba entre 30 y 32 semanas de embarazo.
Beatriz se desplomó en la silla, incapaz de hablar. Sergio, intentando mantener la calma, pidió que le dieran espacio a la niña.
—Lucía… necesito que me digas la verdad para poder ayudarte. ¿Sabías que estabas embarazada? —preguntó con suavidad.
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas. Temblando, negó con la cabeza, pero después cerró los ojos como si luchara contra algo dentro de sí. El monitor cardíaco marcó un aumento en sus pulsaciones.
—Lucía, sea lo que sea, no tienes la culpa —insistió el doctor.
Ella apretó los labios. La madre lloraba en silencio. Sergio se sentó a su lado, paciente, dándole tiempo.
De repente, la niña lo miró fijamente. Su voz salió casi como un susurro.
—Doctor… tengo que decirle algo. Pero… por favor… no deje que él entre aquí.
Sergio frunció el ceño.
—¿Quién, Lucía? ¿De quién hablas?
La niña apretó la sábana entre los dedos, temblando.
—Él… él fue quien me hizo esto…
Un golpe seco se escuchó en la puerta de la sala de urgencias.
Alguien estaba intentando entrar.
La expresión de pánico en el rostro de Lucía llegó a su punto máximo.
Y entonces, partió el grito:
—¡No le deje pasar!

El doctor Sergio ordenó inmediatamente que cerraran la puerta y pidió a seguridad que acudiera a la sala. Beatriz, aún desconcertada, miró a su hija tratando de comprender. La niña respiraba agitadamente. La puerta siguió golpeando con insistencia.
—Soy su tío… ¡déjenme pasar! —se escuchó desde el pasillo.
El doctor notó cómo Lucía se encogía al oír la voz. El guardia de seguridad llegó y pidió a Sergio indicaciones.
—No lo deje entrar —ordenó él—. Hasta que la paciente esté estable, nadie entra sin autorización.
Tras unos segundos, el pasillo volvió a quedar en silencio.
Sergio se acercó a Lucía nuevamente.
—Lucía, necesito que me cuentes qué pasó —dijo con voz suave pero firme—. Esto es muy importante para protegerte.
La niña respiró hondo, su cuerpo todavía temblaba.
—Fue… fue mi tío Javier —dijo finalmente, rompiéndose en llanto—. Él empezó a venir mucho a casa desde que papá se fue… Yo no sabía qué hacer. No quería que mamá se enfadara conmigo. Me decía que era un juego. Que no dijera nada.
Beatriz se llevó las manos a la boca, horrorizada. Lágrimas silenciosas le resbalaban por las mejillas.
—Lucía… mi niña… ¿por qué no me dijiste nada?
—Tenía miedo… —susurró la niña.
Sergio pidió a una enfermera que avisara al equipo de psicología infantil y también a la policía, porque el caso lo requería. Mientras tanto, el trabajo de parto avanzaba. Lucía estaba asustada, agotada y emocionalmente devastada.
—Lucía, lo primero es cuidarte a ti —dijo Sergio mientras revisaba su evolución—. Y después te prometo que haremos todo lo necesario para que estés a salvo. ¿De acuerdo?
Ella asintió, aunque no podía dejar de llorar. Las contracciones eran cada vez más fuertes. Sergio decidió preparar la sala de parto.
El ambiente se volvió tenso cuando se escucharon nuevas voces en el pasillo. Era la policía. Beatriz salió unos minutos para hablar con ellos. Entre sollozos explicó lo que Lucía acababa de revelar. La niña, mientras tanto, se aferró a la mano del doctor.
—¿Él no va a entrar, verdad?
—No, Lucía. Ya no podrá hacerte daño —respondió Sergio.Las contracciones se intensificaron. La niña gritó de dolor. El equipo médico se movía con rapidez.
—Sergio, está dilatando muy rápido —avisó una enfermera.
El médico respiró hondo.
—Lucía, escucha mi voz. Vas a tener que empujar pronto. Estamos contigo, ¿sí?
La niña, temblando, trató de reunir fuerzas.
En ese momento, desde el pasillo se escuchó un grito desesperado:
—¡Quiero verla! ¡Ella es mi familia!
La policía tuvo que sujetar a alguien.
Lucía abrió los ojos aterrada.
—Doctor… ¡es él!
Sergio sostuvo la mano de la niña con más firmeza. Al escuchar los gritos en el pasillo, el miedo de Lucía se disparó de nuevo. El equipo médico cerró todas las puertas y ventanas del área para evitar cualquier interrupción. La policía retiró al hombre, que seguía gritando, mientras era escoltado fuera del hospital.
—Lucía, mírame —dijo Sergio con voz tranquila—. Él ya no está aquí. Y no va a entrar. Ahora solo estamos nosotros. Solo tú, tu mamá y el equipo que te quiere ayudar.
La niña respiró profundamente, aunque las lágrimas seguían cayendo. Beatriz corrió de nuevo a su lado, tomó su mano libre y la besó repetidamente.
—Perdóname, hija, perdóname por no haber visto nada…
Lucía no pudo contestar; otra contracción la sacudió.
—¡Necesitamos pasarla a sala de parto ya! —dijo una enfermera.
La llevaron rápidamente. Lucía apretaba los dientes, superando el dolor como podía. Sergio se colocó frente a ella.
—Muy bien, Lucía… cuando te lo indique, quiero que empujes con todas tus fuerzas.
La niña asintió, agotada pero aferrándose a la idea de que todo terminaría pronto. Con la guía del equipo, empujó una, dos, tres veces. Ya no lloraba; ahora estaba concentrada, luchando.
Finalmente, un llanto pequeño, frágil, inundó la sala.
—¡Es una niña! —anunció la enfermera.
Beatriz rompió a llorar de emoción, y Sergio sintió que un peso inmenso se desprendía del ambiente. La niña fue colocada unos segundos sobre el pecho de Lucía. Ella la miró con una mezcla de miedo, ternura y asombro.
—Es… tan pequeña… —susurró.
—Y fuerte, igual que tú —respondió Sergio.
Después, la recién nacida fue trasladada a neonatología por precaución debido a su prematurez. Lucía quedó recostada, respirando lentamente, intentando procesar todo lo ocurrido.
La policía volvió a hablar con Beatriz: su cuñado había sido detenido en la entrada del hospital. Se abriría una investigación inmediata. La mujer, devastada pero aliviada, se acercó a su hija.
—Mi amor… ahora sí estás a salvo.
Lucía cerró los ojos, agotada pero tranquila por primera vez en meses.
Sergio salió un momento de la sala. Se sentía conmovido. Historias así siempre dejaban una marca, pero también le recordaban por qué había elegido su profesión.
Antes de terminar su turno, regresó para ver cómo estaba la niña.
Lucía lo miró y le dijo:
—Gracias, doctor. Usted… usted me salvó.
Sergio sonrió con humildad.
—Tú hiciste lo más difícil, Lucía.


