El CEO multimillonario marcó el número para despedir a un empleado cercano con una voz fría: “Mañana no necesitas venir a la empresa.” Pero al otro lado de la línea no era ese empleado, sino la voz temblorosa de un niño pequeño: “Señor… ¿puede venir a ayudar a mi mamá? Ella se cayó y no puede respirar…” El CEO se quedó paralizado, sintiendo cómo su corazón se estrujaba, y cuando corrió a la dirección que el niño le había dicho, la persona que encontró cambió su vida para siempre.

El CEO multimillonario marcó el número para despedir a un empleado cercano con una voz fría: “Mañana no necesitas venir a la empresa.” Pero al otro lado de la línea no era ese empleado, sino la voz temblorosa de un niño pequeño: “Señor… ¿puede venir a ayudar a mi mamá? Ella se cayó y no puede respirar…” El CEO se quedó paralizado, sintiendo cómo su corazón se estrujaba, y cuando corrió a la dirección que el niño le había dicho, la persona que encontró cambió su vida para siempre.

El reloj marcaba casi las once de la noche cuando Alejandro Vidal, CEO de una de las empresas tecnológicas más exitosas de Madrid, marcó el número que llevaba horas mirando fijamente. Tenía la mandíbula tensa, la mirada dura y la resolución tomada: iba a despedir a Javier, uno de sus gerentes más antiguos. La reducción de costos no admitía sentimentalismos, y Alejandro se repetía que un líder debía saber tomar decisiones frías.

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