Obligó a la criada negra a tocar el piano para avergonzarla, pero las primeras notas dejaron a todos sin palabras.

Obligó a la criada negra a tocar el piano para avergonzarla, pero las primeras notas dejaron a todos sin palabras.

En la Sevilla de 1978, una tarde sofocante de junio, el salón de la familia Montemayor estaba lleno de invitados. Todos acudían a la celebración por el cierre exitoso de un negocio inmobiliario que había convertido a Don Ernesto Montemayor en uno de los hombres más influyentes del barrio de Los Remedios. Las conversaciones fluían entre copas de jerez, risas contenidas y miradas que buscaban aprobación. Sin embargo, en medio de aquel ambiente festivo, había alguien que intentaba mantenerse al margen: María Luisa, la joven empleada doméstica que había llegado desde Cádiz en busca de trabajo un año atrás.

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