Me casé a los veinticinco años, creyendo que el amor podía con todo. Pero tres años después descubrí que un amor sin respeto no es amor: es una jaula disfrazada de hogar

Me casé a los veinticinco años, creyendo que el amor podía con todo. Pero tres años después descubrí que un amor sin respeto no es amor: es una jaula disfrazada de hogar.

Me casé a los veinticinco años, convencida de que el amor era un puente capaz de sostener cualquier tormenta. Recuerdo con claridad la sonrisa de Daniel cuando firmamos los papeles, como si el mundo entero cupiera en ese gesto. Al principio todo parecía encajar: él trabajaba largas horas en una empresa de construcción, yo empezaba a desarrollarme como diseñadora gráfica freelance, y aunque nuestros horarios chocaban, siempre encontraba una forma de justificar la distancia. “Son etapas”, me repetía. “Todo mejorará cuando estemos más estables”.

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