Mis padres me trataban como a una sirvienta. El día antes de Navidad, mi madre se burló: «Las amigas de tu hermana vienen a casa por Navidad. Solo son 25». Esperaba que cocinara, limpiara y me inclinara. Sonreí. Esa noche, cuando llegaron y vieron la cocina vacía, palideció, pero la verdadera sorpresa aún estaba por llegar.

Mis padres me trataban como a una sirvienta. El día antes de Navidad, mi madre se burló: «Las amigas de tu hermana vienen a casa por Navidad. Solo son 25». Esperaba que cocinara, limpiara y me inclinara. Sonreí. Esa noche, cuando llegaron y vieron la cocina vacía, palideció, pero la verdadera sorpresa aún estaba por llegar.

Desde que tengo memoria, mis padres me habían asignado el papel de “la responsable”, que en realidad significaba la sirvienta no remunerada de la familia. Mientras mi hermana menor, Clara, era la niña brillante y sociable, yo, Lucía, era la que resolvía todo lo doméstico para que la casa funcionara. Aquella Navidad, sin embargo, algo dentro de mí había cambiado. Ya tenía veintidós años, trabajaba medio tiempo y estaba agotada de sostener una dinámica injusta que nadie cuestionaba.

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