Mi familia les contó a todos que había desertado de la Academia Naval. Me quedé allí viendo a mi hermano recibir su ascenso… Entonces, su comandante me miró fijamente a los ojos y preguntó: «Coronel… ¿usted también está aquí?». Todos guardaron silencio. Mi padre se quedó paralizado, y su sonrisa desapareció.

Mi familia les contó a todos que había desertado de la Academia Naval. Me quedé allí viendo a mi hermano recibir su ascenso… Entonces, su comandante me miró fijamente a los ojos y preguntó: «Coronel… ¿usted también está aquí?». Todos guardaron silencio. Mi padre se quedó paralizado, y su sonrisa desapareció.

Mi familia llevaba años repitiendo la misma versión: que yo había desertado de la Academia Naval por falta de carácter. En cada reunión, ese rumor se había vuelto una verdad cómoda. Yo nunca lo corregí. Acepté el silencio como una forma de disciplina. Por eso, el día del ascenso de mi hermano menor, Javier, decidí asistir sin uniforme y sentarme al fondo del auditorio de la base naval de Cádiz. Mi padre, Alfonso, sonreía orgulloso; mi madre, Teresa, lloraba de emoción. Nadie esperaba nada de mí.

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