Le compré a mi sobrino una camioneta nueva para su 20.º cumpleaños. Durante la cena, levantó su copa y dijo: «Un brindis por mi tía ingenua, que intenta comprar respeto con dinero». Toda la familia se echó a reír. Me fui en silencio, sin decir palabra. A la mañana siguiente, la entrada estaba vacía… y mi teléfono tenía cien llamadas perdidas.

Le compré a mi sobrino una camioneta nueva para su 20.º cumpleaños. Durante la cena, levantó su copa y dijo: «Un brindis por mi tía ingenua, que intenta comprar respeto con dinero». Toda la familia se echó a reír. Me fui en silencio, sin decir palabra. A la mañana siguiente, la entrada estaba vacía… y mi teléfono tenía cien llamadas perdidas.

La noche del cumpleaños número veinte de Daniel parecía perfecta. Yo, su tía Marta, había trabajado años como contadora y nunca tuve hijos, así que él era casi como el mío. Durante meses ahorré en silencio para sorprenderlo con una camioneta nueva, una compra enorme para mí, pero hecha con cariño y orgullo. En la cena familiar, todos admiraban las llaves sobre la mesa, y Daniel sonreía como nunca. Pensé que ese momento sellaba nuestro vínculo.

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