Me disfrazé de camarera en la fiesta de jubilación de mi esposo, porque él lo dijo claramente: “Esto es un evento de trabajo. Las esposas no están invitadas”. Pero mientras llevaba una bandeja de bebidas junto a un grupo de sus colegas, oí a alguien decir: “¡Habla de su esposa todo el tiempo!”. Miré a mi esposo: una joven le puso la mano en el hombro, susurrando algo que lo hizo sonrojar. Me acerqué… y descubrí una pequeña tarjeta en la mesa central, con mi nombre en el lugar de honor. En ese momento, me di cuenta de que todo lo que había sospechado durante tanto tiempo… estaba completamente equivocado. Y la verdad estaba justo detrás de esa mujer

Me disfrazé de camarera en la fiesta de jubilación de mi esposo, porque él lo dijo claramente: “Esto es un evento de trabajo. Las esposas no están invitadas”. Pero mientras llevaba una bandeja de bebidas junto a un grupo de sus colegas, oí a alguien decir: “¡Habla de su esposa todo el tiempo!”. Miré a mi esposo: una joven le puso la mano en el hombro, susurrando algo que lo hizo sonrojar. Me acerqué… y descubrí una pequeña tarjeta en la mesa central, con mi nombre en el lugar de honor. En ese momento, me di cuenta de que todo lo que había sospechado durante tanto tiempo… estaba completamente equivocado. Y la verdad estaba justo detrás de esa mujer.

Nunca fui una mujer celosa, o al menos eso me repetía para poder dormir tranquila. Mi esposo, Javier Morales, llevaba meses hablando de su jubilación, de la fiesta que la empresa le estaba organizando, de los discursos, de los colegas que habían pasado décadas con él. Sin embargo, una frase se me quedó clavada como una espina: “Esto es un evento de trabajo. Las esposas no están invitadas.” Lo dijo con naturalidad, casi sin mirarme. Yo asentí, pero algo dentro de mí no encajó.

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