Tras la muerte de mi marido, encontré un nuevo trabajo y todos los días le dejaba un poco de dinero a un anciano sin hogar que se sentaba frente a la biblioteca. Un día, cuando me agaché como siempre, de repente me agarró la mano y me dijo: «Has sido demasiado amable conmigo. No te vayas a casa esta noche. Quédate en un hotel. Mañana te mostraré esto».

Tras la muerte de mi marido, encontré un nuevo trabajo y todos los días le dejaba un poco de dinero a un anciano sin hogar que se sentaba frente a la biblioteca. Un día, cuando me agaché como siempre, de repente me agarró la mano y me dijo: «Has sido demasiado amable conmigo. No te vayas a casa esta noche. Quédate en un hotel. Mañana te mostraré esto».

Tras la muerte de mi marido, Javier, mi vida se redujo a rutinas silenciosas y a un cansancio que no se iba ni durmiendo. Conseguí un nuevo trabajo como administrativa en una empresa de transportes cerca de la biblioteca municipal de Madrid. Cada mañana pasaba por la misma esquina y, frente a la entrada lateral de la biblioteca, siempre estaba Don Manuel, un anciano sin hogar de barba canosa y mirada alerta. Nunca pedía nada en voz alta. Solo asentía cuando alguien le dejaba una moneda.

Read More