Antes De La Boda, Por Pura Curiosidad, Aprendí Lenguaje De Señas, Y Me Quedé Paralizada Cuando Entendí Lo Que Mi Prometido Estaba Diciendo… A Su “Madre”.

Me llamo Lucía Fernández, tengo treinta y un años y estaba a punto de casarme con Álvaro Martín, el hombre que creía conocer mejor que a nadie. Todo parecía normal desde fuera: una boda elegante en Madrid, familias respetables, sonrisas en cada foto. Pero la verdad explotó antes de la boda, y lo hizo de la forma más inesperada.

El detonante no fue una pelea, ni un mensaje sospechoso, ni un rumor. Fue algo aparentemente inocente. Por pura curiosidad —y porque Álvaro siempre decía que su madre tenía problemas auditivos— decidí aprender lengua de señas. Quería sorprenderlo el día de la boda, mostrarle que me importaba su familia, que estaba dispuesta a adaptarme.

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