Sorprendí a un niño de ocho años intentando meterse un frasco de medicina en el bolsillo. “¡Ladrón, llama a la policía ahora mismo!”, gritó mi jefe. El niño se desplomó en el suelo, sollozando desconsoladamente. “Por favor… mi mamá ya no aguanta más el dolor”. Cuando la policía acudió rápidamente al apartamento del niño y encontró a su madre tirada en el suelo, casi sin vida, lo que sucedió a continuación hizo llorar a todos.

Sorprendí a un niño de ocho años intentando meterse un frasco de medicina en el bolsillo. “¡Ladrón, llama a la policía ahora mismo!”, gritó mi jefe. El niño se desplomó en el suelo, sollozando desconsoladamente. “Por favor… mi mamá ya no aguanta más el dolor”. Cuando la policía acudió rápidamente al apartamento del niño y encontró a su madre tirada en el suelo, casi sin vida, lo que sucedió a continuación hizo llorar a todos.

Me llamo Javier Morales y trabajo como dependiente en una pequeña farmacia del barrio de Lavapiés, en Madrid. Aquella tarde lluviosa, el local estaba casi vacío. Mientras ordenaba unos estantes, vi a un niño flaco, de no más de ocho años, mirando nervioso hacia la puerta. Se llamaba Diego, lo supe después. Sus manos temblaban mientras tomaba un frasco de analgésicos fuertes y lo deslizaba torpemente en el bolsillo de su sudadera.

Read More