Dejé mi trabajo y usé mis ahorros para comprar una casa en la playa, para poder relajarme por fin. Y la primera noche, mi suegra me llamó. «Nos mudamos mañana. Mi hijo ha aceptado». Mi marido guardó silencio. «Si no te gusta, vete», dijo. Sonreí, aunque me temblaban las manos… y empecé a planear una sorpresa que jamás esperarían.

Dejé mi trabajo y usé mis ahorros para comprar una casa en la playa, para poder relajarme por fin. Y la primera noche, mi suegra me llamó. «Nos mudamos mañana. Mi hijo ha aceptado». Mi marido guardó silencio. «Si no te gusta, vete», dijo. Sonreí, aunque me temblaban las manos… y empecé a planear una sorpresa que jamás esperarían.

Dejé mi trabajo en Madrid después de diez años de estrés, reuniones infinitas y domingos con ansiedad. No fue una decisión impulsiva. Vendí mi coche, cerré mis tarjetas, y usé casi todos mis ahorros para comprar una casa pequeña frente al mar, en un pueblo tranquilo de la costa de Alicante. Soñaba con escuchar las olas por la noche, leer con una taza de té, y volver a ser yo.

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